Una sociedad ecológica y solidaria, vía no violenta hacia la pacificación de los conflictos internacionales

El texto que sigue es una traducción de un texto que publiqué en francés poco tiempo después de los atentados en París el 13 de noviembre.

 

Gracias a todos por sus mensajes de apoyo y de consuelo tras los eventos de París el 13 de noviembre. Me conmueven los mensajes de solidaridad de mis amigos franceses y de todos los países.

Sin embargo, quisiera tomar distancia con la situación y tratar de analizarla desde una perspectiva global, como reacción contra ciertos debates que he podido leer en las redes sociales, y sobre todo contra la actitud guerrera del presidente francés y su primer ministro, quienes desde el primer día después de los atentados se pusieron a hablar de “golpear fuertemente”, “aniquilar a los enemigos de la República », y ahora tratan de llevar a cabo este programa.

Quisiera llevar los debates hacia otra vía, una vía no violenta, que permitiera pacificar los conflictos internacionales, y debilitar el auge de la extrema derecha en Francia y en otros países europeos donde está creciendo su poder, y proponer un proyecto de sociedad que lleve esperanza antes que miedo y rechazo. Este proyecto se podría aplicar a mi país, así como, me parece, a toda nación y todo aquel que se reconociera en las propuestas que expreso.

A pesar de mi falta de conocimiento en los temas inmediatamente vinculados a los conflictos internacionales y al terrorismo (geopolítica, historia y religiones), trato de ofrecer aquí una reflexión basada en elementos de economía, ciencia y tecnología, ecología política y filosofía, que me parecen relevantes para analizar los eventos.

Por lo tanto, sin pretender explicar la totalidad de las causas del fenómeno terrorista, el análisis que sigue busca entender los problemas de fondo y denunciar el papel de nuestro sistema económico capitalista-liberal en la alimentación de los conflictos internacionales tales como el que afecta el Cercano Oriente en la actualidad, enfocándose en la gestión de los recursos y particularmente los recursos energéticos y mineros.

Creo que observar las cosas en su globalidad es la única condición a la que podemos pretender entender y actuar en un mundo que es por esencia muy complejo. Un conocimiento parcial y monodisciplinario de un tema complejo y transdisciplinario tal como el que nos interesa aquí solamente puede ser ignorancia (al respecto les invito a descubrir las obras del filósofo y sociólogo Edgar Morin sobre el pensamiento complejo, cf. anexos más abajo).

Este texto no es en sí muy innovador, ya que numerosos elementos que contiene provienen de tesis bastante clásicas de corrientes de pensamientos ecologistas y humanistas. Mi objetivo sólo es hacer vínculos con la actualidad e insistir sobre estas ideas, que en este contexto me parecen más importantes que jamás.

 

CONSTATACIÓN:

A pesar de avances innegables en ciertas áreas, nuestro sistema actual de desarrollo (la globalización capitalista-industrial-liberal, reforzada entre otros desde el giro neoliberal de los años 80), ha producido desde varias décadas desigualdades cada vez más agudas entre países del Sur como del Norte, y entre países de ambas zonas. Este sistema ha sumido millones de personas en la miseria y en la exclusión, mientras que una pequeña fracción se enriquecía como nunca. Ahora bien, la miseria y la exclusión, cuando se vuelven insoportables, pueden llevar rápido a la revuelta.

Así, recuerdo un hecho de extrema gravedad, que pasa relativamente desapercibido porque se ha convertido en un problema permanente y considerado como relativamente banal por una parte de la población de los países más ricos: nuestras economías producen un sinúmero espantoso de “victimas silenciosas” cuyo destino es tan injusto e indignante que el de las víctimas de los atentados: 900 millones de personas padecen hambre en el mundo (remito al trabajo de Jean Ziegler, ex encargado especial de la ONU sobre el tema del derecho a la alimentación), aproximadamente mil millones no tienen acceso a la energía, al agua, a la higiene, a la salud etc., con consecuencias catastróficas en los modos de vida (el número de muertos es elevado, aunque difícil de evaluar). Las causas de esta situación no son técnicas, son políticas. No puedo extenderme aquí sobre este tema, pero lo conversaré con gusto con los que no estuvieran convencidos.

Por otra parte, la globalización se ha realizado bajo una modalidad de “occidentalización”, es decir la imposición a todas las culturas del mundo, de manera no siempre consciente o confesada, de los valores occidentales considerados como únicos deseables y sinónimos de progreso para la humanidad. Así, sin siquiera hablar del pasado colonialista, las políticas de desarrollo conducidas por las naciones industrializadas en los países del Sur a partir de la segunda mitad del siglo XX han llevado, a veces con las mejores intenciones del mundo, a ser opresivas con las otras culturas del mundo considerando que el desarrollo de la humanidad debe in fine seguir “el desarrollo de Occidente”, o sea entre otros valorizando el enriquecimiento material infinito.

Por último, apenas evocaré el riesgo ambiental colosal que corre la humanidad por el sobreconsumo de recursos y la sobreproducción de deshechos exigidos por este modelo de desarrollo.

Ya conocen el tema, yo estaría encantado de seguir hablando de éste. Pero simplemente recuerdo que si no cambiamos de sistema como es el objeto del presente manifiesto y de muchos otros, los problemas ambientales tendrán muy probablemente repercusiones geopolíticas considerables. Entre otros, ya se puede predecir que las consecuencias del cambio climático obligarán millares de personas a dejar su país, sumando de esta manera un gran número de refugiados climáticos a las personas que ya huyen de los conflictos.

 

ANÁLISIS:

Las causas del conflicto en el Cercano Oriente y del aumento de la potencia de los grupos terroristas son obviamente numerosas y mi meta no es listarlas todas aquí. Especialmente, no volveré sobre la perspectiva histórica que es necesario adoptar para entender la inestabilidad en el Cercano Oriente.

Solamente recuerdo que Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y otras naciones han tenido un papel determinante en el transcurso del siglo XX en la formación de los Estados del Cercano Oriente y la delimitación de sus fronteras. Así, han contribuido ampliamente a la inestabilidad de la zona que ha seguido. Más recientemente, la política intervencionista del Estado francés y sus operaciones militares del inicio del siglo XXI al lado de los Estados Unidos (Irak, Afganistán, Mali etc.), que personalmente me parecen ilegítimas, orgullosas e imprudentes, tienen obviamente consecuencias directas sobre los eventos de hoy. Sin ser un experto, creo que otras vías más diplomáticas son preferibles.

Tampoco trataré aquí de la contribución del factor ideológico en la formación de los grupos terroristas, que por supuesto no es despreciable, y tampoco de la cuestión del radicalismo, que escapa en parte, me parece, a las explicaciones socioeconómicas que considero. Se necesitaría estudios de psicología y sociología, de los que no dispongo actualmente, para entender sus fundamentos profundos.

A partir de la constatación antes expuesta, recuerdo entonces que los conflictos internacionales, tal como el que ha estado socavando el Cercano Oriente desde hace varios años, muy a menudo se fundan en las codicias geoestratégicas por el control de los territorios y recursos, así como en el sentimiento de injusticia y de desprecio de la identidad de las personas y de las culturas, dos productos de la globalización capitalista occidentalizada. En cuanto al terrorismo más específicamente, es ampliamente alimentado por la miseria y la exclusión, un tercer producto del capitalismo neoliberal.

Así, este análisis hace énfasis en la gran dependencia de nuestro sistema económico en los recursos energéticos y mineros y en el papel de esta dependencia en la alimentación de tensiones y conflictos geopolíticos, tensiones que en casos extremos se pueden convertir en guerras y actos de terrorismo. Afirmo que es imposible esperar que estas tensiones se calmen si no ponemos fin a las codicias por los recursos.

 

Cabe aquí denunciar la política exterior francesa (el mismo razonamiento se podría aplicar a otros países, tales como EEUU), con dos ejemplos que siguen siendo de actualidad:

1°) ¿Cómo podemos pretender mantener una nación que se quiere representativa de valores como la democracia, la justicia y la igualdad, basando una parte importante de su estructura técnica en la energía nuclear (78% de la electricidad consumida en el país), producida a partir del uranio, un combustible no disponible en el territorio nacional, extraído por una miseria y causando numerosos conflictos en el Níger, un país que sigue siendo uno de los más pobres del mundo?

2°) Por otra parte, y de manera más cercana del caso que nos ocupa aquí, ¿cómo explicar la alianza política y económica entre Francia (y de forma más general la de Europa y de Estados Unidos) con Arabia Saudita, un Estado conocido por su papel desestabilizador en la región y cuya política exterior oscura apoya a grupos que tienen una ideología cercana a la del Estado Islámico? ¿Cómo explicar esta alianza si no es por nuestra adicción al petróleo y por la voluntad de encontrar salidas comerciales para nuestros “campeones” industriales nacionales?

¡En el caso de Francia, no hace falta buscar más allá que en la fuente, la página del Ministerio de Asuntos Exteriores! donde se puede leer: “Para Francia, más allá de las oportunidades en el sector petrolífero y parapetrolífero [20,7% de las importaciones francesas], las principales perspectivas [comerciales con Arabia Saudita] se encuentran en los sectores del transporte ferroviario urbano y de alta velocidad, en la energía nuclear civil y la defensa (primer cliente de Francia en este sector y uno de los principales compradores mundiales de armamento)”.

Optar por la transición energética (cambio de un sistema basado en las energías fósiles y nuclear a un sistema basado en las energías renovables y los ahorros de energía) permitiría prescindir de este tipo de socio poco virtuoso.

Fuera del caso específico de Francia, ¿cuántos conflictos tuvieron por motivo real el acaparamiento de recursos presentes en otros territorios? ¿No tocaría aprender ya a gestionar correctamente los recursos y a compartirlos sin recurrir a la guerra?

Frente a estos retos, insisto como nunca en la necesidad y en la urgencia de optar colectivamente por una vía de desarrollo (noten que estoy hablando aquí de desarrollo y no de crecimiento) de nuestras sociedades basado en:

Más sobriedad. Optar por la sobriedad es recentrarnos en nuestras necesidades esenciales y estar atentos a las necesidades superfluas. Ello no significa renunciar a nuestra calidad de vida, muy por el contrario, puesto que el superfluo acapara a veces nuestros recursos y nuestra atención en detrimento de lo esencial. Ello corresponde a privilegiar lo “cualitativo” (relaciones humanas, educación, cultura, espiritualidad, artes etc.) contra lo “cuantitativo” (acumulación de bienes materiales).

Aliada de la sobriedad, la eficiencia permite usar los recursos consumidos de manera más inteligente (ecoconcepción de los objetos, procesos mejorados etc.), con el fin de consumir menos obteniendo un servicio igual.

Para la sobriedad como para la eficiencia, los márgenes de progreso son enormes en todos los campos: transportes, construcción, urbanismo, industria, agricultura etc. Remito a los excelentes trabajos de la asociación francesa negaWatt);

Recursos renovables, entre otros energías renovables producidas localmente y manejadas por las mismas poblaciones, un modelo opuesto a las energías fósiles y nuclear controladas por grupos oligárquicos privados o públicos autoproclamados (multinacionales del petróleo, del gas y de la electricidad, o monarquías de la OPEP). El mismo razonamiento se puede aplicar a los otros recursos: igualmente hay una urgencia absoluta de renovar los recursos mineros (metales), es decir hacer esfuerzos muy importantes para mejorar el reciclaje y la reparación, así como velar por no sobreexplotar las tierras cultivadas, so pena de degradar irremediablemente los suelos;

Una economía menos violenta y más democrática. Menos violenta, porque permitiría una mejor redistribución de las riquezas y una disminución de las desigualdades de todo tipo (los trabajos del economista francés Thomas Piketty han adquirido recientemente una notoriedad internacional con respecto a este tema, se los aconsejo). Más democrática, porque regularía el mercado mundial y enmarcaría el poder de la finanza y de la economía internacional (bancos y otros organismos financieros, empresas multinacionales etc.). Ello para evitar que aquellos organismos privados (por tanto no democráticos) y motivados por el único lucro puedan decidir de las orientaciones de la economía en lugar de los Estados democráticos y de los pueblos, como es el caso en la actualidad.

 

Mientras no optemos por un cambio de paradigma en estos tres campos, los conflictos internacionales sólo podrán aumentar. Se ha empezado a realizar esfuerzos, pero es necesario que nuestras sociedades se comprometan de manera mucho más determinada para seguir esta vía.

Entre otros, el enfoque global mencionado en introducción debe conducirnos a considerar que nosotros mismos como ciudadanos somos parte del sistema y que por tanto compartimos de alguna manera la responsabilidad. Toda la culpa no viene de “los Estados”, “los bancos” o de “los industriales”, aunque su papel es obviamente determinante. Es preciso que reflexionemos sobre las consecuencias de ciertos modos de vida nuestros, y que reconsideremos nuestra tolerancia hacia las categorías de actores antes mencionadas.

El ejemplo clásico (existen por supuesto cientos más): “compro un celular en mi país, y haciendo eso he explotado los mineros del Congo, destruido los bosques primarios de Papuasia, enriquecido oligarcas rusos, contaminado capas freáticas chinas, y luego, 12 a 18 meses más tarde, iré verter mis desechos electrónicos a Gana o a otras partes” (Philippe Bihouix, “la edad de las low-tech”).

Otro ejemplo se podría mencionar relativo a nuestros ahorros, que si están depositados en cualquier banco que no sea un verdadero banco ético (existen en muchos países), serán utilizados sin nuestro conocimiento para financiar proyectos que tienen consecuencias ambientales y sociales desastrosas a largo plazo: centrales de carbón, extracción de gas de esquisto (fracking), grandes presas hidráulicas etc.

En resumen, mientras toleremos un sistema tan poco respetuoso del hombre y de la naturaleza, y desigualdades flagrantes y cínicas, se crearán conflictos en el interior de este sistema (dentro de las naciones, entre las naciones) y atacarán las fortalezas egoístas erigidas por los privilegiados (las clases acomodadas, los Estados potentes económica y militarmente que aseguran sus recursos, Europa y sus fronteras…). Cuanto más nuestras sociedades se encerrarán en una lógica de lo “siempre más” y del individualismo, más violentos se volverán esos conflictos y más se alimentarán los extremos de la desesperación de la gente.

Por último, si la oposición a este sistema no viene de un grupo o de un pueblo que se siente perjudicado, la misma naturaleza nos lo impondrá por limitaciones físicas a nuestro desarrollo. Nuestra impresión de potencia infinita y nuestra fe inquebrantable en el progreso constituyen ilusiones peligrosas. Dicho sea de paso, ello también vale para la ola de tecnologías verdes: “cada vez más innovación, más high tech, más de lo digital, más competitividad, en suma, más desarrollo sostenible, más crecimiento verde y más economía 2.0 o circular” (“La edad de las low tech” del ingeniero Philippe Bihouix es una obra de referencia en el tema). Las tecnologías verdes deberían, según los tecno (sobre)optimistas constituir una tercera o cuarta revolución industrial, la cual debería este vez salvarnos de verdad de nuestra condición humana…

El progreso técnico puede facilitar las cosas y ciertas tecnologías son interesantes, pero nada nos podrá salvar del deseo infinito de posesión y de acumulación sin repartición.

 

¿¿CONCLUSIÓN: qué hacer??

Todavía existe la posibilidad de superar esta multicrisis cuyos componentes están entrelazados e interdependientes: crisis económica, ecológica, social, identitaria, civilisacional etc. (Me gustó mucho la visión de Edgar Morin en “La vía para el futuro de la humanidad” sobre este tema). Afortunadamente, quedan suficientes recursos como para que todos los seres humanos vivan dignamente, es una excelente noticia, entonces ¡protejámoslos y compartámoslos!

En definitiva, la humanidad puede optar o bien por perseguir lo “siempre más” con gran despliegue de desarrollo tecnológico intensivo, la necesidad de “asegurar los recursos”, y la carrera hacia la competitividad entre las naciones (que sistemáticamente vendrá acompañada de la exclusión de los “perdedores de la competencia”), o bien optar por la reorientación de nuestros valores por lo más cualitativo, más sobriedad, convivencia, tolerancia, empatía, respecto del ser humano y de las otras especies con las que compartimos nuestro planeta.

Esto no solamente son palabras, sino que se puede traducir muy concretamente en indicadores económicos, en acciones, en políticas en todas las escalas. (Ver entre otros “los nuevos indicadores de riqueza” y otras obras del economista Jean Gadrey, que estudian como remplazar el PBI por un índice compuesto por diversos indicadores económicos, sociales y medioambientales. El contenido de este índice se podría decidir democráticamente por cada nación).

Las soluciones operacionales técnicas, económicas, sociales y políticas son infinitas y descritas en numerosos lugares, conversaré con gusto acerca de las que conozco.

Leyendo este texto es natural preguntarse cuál es el valor de mis palabras frente a los discursos escépticos de ciertos “expertos”, particularmente ingenieros y economistas “ortodoxos” que afirman que a largo plazo la tecnología o el mercado ya resolverán el asunto, un discurso en general mejor difundido por los medios que el mío. Les contestaré que otros ingenieros y economistas tan competentes como ellos están convencidos de que un cambio de sistema es posible y necesario, y que la irracionalidad consiste más bien en aceptar y continuar con el que tenemos actualmente. Les recordaré igualmente que la técnica y la economía en ningún caso son los únicos campos que deben guiar nuestras decisiones políticas y que por consiguiente los “expertos” no son los únicos legítimos para expresarse.

Más allá de las soluciones técnicas y económicas, la dificultad, Estimados Señores Hollande y Valls, así como los que creen en sus declaraciones y actos guerreros, es que el enemigo no es un individuo, un grupo, una cultura o un país, ¡sería demasiado fácil! Al igual del cambio climático, el enemigo es difuso, multiforma. ¡Peor! Está latente en cada uno de nosotros y se llama egoísmo, individualismo, cólera, odio, falta de tolerancia y de comprensión, indiferencia, falta de precisión en el juicio. Es este enemigo contra el que hay que luchar, en todas partes donde se puede.

En consecuencia, pienso que la solución es combatir este enemigo interior informándose, educándose, desarrollando sentimientos y pensamientos más justos (en el sentido del conocimiento de la verdad) para abordar la situación en su globalidad. Este texto trata de ofrecer pistas. Luego, intentando pasar de la reflexión a la acción. Sin excluir que nuestras democracias, aunque imperfectas, funcionen y que “el sistema” mejore por sí mismo, ¡me parece muy preferible que nosotros ciudadanos tomemos la iniciativa y hagamos avanzar las cosas en la buena dirección!

Pasar a la acción es tomar en cuenta los impactos globales de nuestras decisiones de modos de vida, votar con reflexión, y sobre todo comprometerse como ciudadano en todos niveles, en nuestra comunidad, en asociaciones, en nuestro país o en otras partes, para la construcción de sociedades más ecológicas, solidarias y humanas. Por último, es exigir a nuestros representantes que tomen decisiones conformes a nuestras expectativas. Los jefes de Estado se han comprometido durante la COP21, entonces tendremos que continuar a actuar y a presionarlos para que cumplen con sus compromisos y acompañen los esfuerzos de la sociedad civil. El futuro de todos nosotros depende de ello.

 

Les someto esta reflexión, sin pretender tener la solución ni las claves de entendimiento de los eventos actuales ;). ¡Gracias de antemano por sus comentarios, y será un placer conversar con ustedes de todos estos temas!

 

 

ANNEXOS:

 

(Muchas referencias eran en francés, traté de encontrar traducciones en español o inglés, pero a veces no son muy buenas… discúlpenme por esto!)

  • Ensayo del sociólogo suizo Jean Ziegler: “Destrucción masiva – geopolítica del hambre” (resumen)
  • Ensayo del politólogo alemán Hermann Scheer: “La autonomía energética, la situación económica, social y tecnológica de la energía renovable” (resumen)
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